En estos días mi familia ampliada está de
luto, al igual que demasiadas familias en Israel. Hace tan sólo 48 horas el
cuchillo asesino hirió de muerte a David, el esposo de nuestra muy querida
sobrina Susi. Una vez más se cumple el viejo adagio de que el destino siempre
golpea más duro a los mejores.
David era la bondad personificada. Como lo
dijo en la ceremonia previa al entierro con la voz entrecortada por el llanto,
el mayor de sus sobrinos, era un esposo, padre, amigo y ciudadano ejemplar.
La noticia impactó tremendamente en
Paysandú. El velorio reunió un gentío que se asemejó a una verdadera
manifestación de masas.
El sentimiento más generalizado era el
asombro. Justamente le tocó ser víctima a David, un hombre querido y respetado
por todos, que no sabía tener enemigos.
Quizás nada lo defina mejor que una vieja
expresión en idish, el idioma de sus antepasados: balabatish. Es un
calificativo que se aplica a personas cordiales, hospitalarias, generosas,
delicadas y modestas.
En el funeral la familia misma estuvo muy
sorprendida de la repercusión del asesinato en el país y fuera de él. La propia
Susi, su esposa (no me resigno a utilizar la palabra viuda) estaba aturdida.
¿Cómo nosotros que siempre tuvimos un perfil muy bajo nos convertimos en centro
de la atención de tanta gente?
La explicación, lamentablemente, es
demasiado sencilla. David fue la primera víctima de la Intifada de los
cuchillos fuera de Israel. Es un claro acto terrorista y la extensión de una
guerra implacable contra los judíos de todo el mundo, como primera etapa. La
segunda será la batalla contra los infieles, es decir todos los que no son
musulmanes, o no son considerados musulmanes por otros más fanáticos.
El proceso fue exactamente el mismo que en
los ataques en Cisjordania y en las ciudades israelíes. Fue un lobo solitario
(o no tan solitario), incitado por alguien. Quizás con órdenes superiores,
quizás simplemente por autosugestión.
Fue alguien previamente convertido al
islam, por supuesto, que se radicalizó con el estímulo de las noticias de un
mundo globalizado, en el que los más sensibles a los actos dramáticos y los que
tienen la mayor inclinación a imitarlos, suelen ser los frustrados, los
resentidos, los que odian su vida y por ello odian también a quienes la aman y
saben vivirla.
No es casual que el asesino haya abrazado
una ideología totalitaria disfrazada de religión. Para él, cumplió un designio
superior, que le fue ordenado por Alá.
Realmente hay que ser muy distraído para
ver en este asesinato un aislado y excéntrico atentado antisemita. Tampoco tuvo
una relación real con el conflicto árabe-israelí o los territorios ocupados.
Éste no es el quid del problema, aunque constituye un notable pretexto para la
justificación del terrorismo.
El verdadero gran tema está en los
titulares de los diarios de todos los días. Es la Yihad, la Guerra Santa, que
se libra contra los infieles, con la particularidad de que para los sunitas los
chiítas son infieles, al igual que lo son para ambos, otros grupos musulmanes
minoritarios.
En la pacífica Paysandú, la tercera ciudad
del Uruguay pero que aún conserva las hermosas características de una
ciudad-pueblo en la que la palabra vecino es casi un título honorífico, el
asesinato causó un terrible impacto. Pero obviamente en un mundo acosado por
el islam radical no es nada nuevo.
Según especialistas en lo podríamos llamar
la contabilidad del espanto, desde el atentado a las Torres Gemelas en 2001,
hubieron 27.969 actos terroristas en el mundo en los escenarios más variados.
Tan sólo en los últimos 30 días hubo 157 ataques, 1.397 muertos, 1.778 heridos,
todo lo que afectó a 25 países.
Es doloroso pero no hay islas en el mundo
globalizado. Tampoco hay lugares que puedan mantenerse al margen de la gran
guerra del siglo XXI entre la modernidad y el retorno al tribalismo más primitivo,
entre la civilización y la barbarie.
Nuestro querido e inolvidable David Fremd
sólo fue una víctima más de esta guerra interminable que aún causará muchísimo
dolor.
Cuando el cuchillo asesino golpea muy cerca
14/Mar/2016
Israel en Línea, Egon Friedler